miércoles, 11 de febrero de 2009

Tras el poder, los ministros de la Corte ofrecen un lamentable espectáculo

Los ministros de la Corte Suprema, en su pugna por el poder, ofrecen un triste y bochornoso espectáculo ante la opinión pública. Esa puja refleja y sintetiza el estado en que se encuentra la Justicia: es un escenario de rencillas, maniobras, padrinazgos, conexiones directas con los políticos y desinterés por servir a los ciudadanos.

Cuando se habla de las máximas autoridades de un Poder Judicial, se presume hacer referencia a honorables profesionales del Derecho, sabios juristas, coherentes magistrados y respetables ciudadanos que obran según principios de los que no van a claudicar y por los que no van a ser señalados con el dedo acusador por nadie.

Aquí, sin embargo - prisioneros de los políticos a los que adeudan sus cargos y representantes de sus intereses partidarios- , convierten la Corte en un espacio para exhibir su incapacidad y sus ambiciones.

Hasta ahora, los ocho ministros de la más alta instancia judicial no se han podido poner de acuerdo con respecto a la presidencia del cuerpo colegiado que los reúne. La conclusión obvia es que si en ese mero tema administrativo no pueden ponerse de acuerdo, menos lo van a hacer en cuestiones más complicadas.

Con una ingenuidad de la que empieza a apearse al constatar que el ejercicio del poder es la administración de lo que se tiene a mano, el hoy presidente de la República, Fernando Lugo, había prometido una Corte autónoma, libre e independiente. Como ve poco menos que inalcanzable ese ideal, ahora habla solo de elegir el mal menor. La trampa de los liberales del Senado le hizo pisar tierra.

La despolitización y la despartidización de la Justicia en el Paraguay son todavía sueños que gozarán de buena salud durante mucho tiempo. En la Constitución de 1992 los constituyentes reservaron a los políticos la potestad de nombrar a los ministros de la Corte y establecieron canales directos para vincularse a los nombramientos de menor rango. El Consejo de la Magistratura es ese órgano que no disimula la injerencia política en la Justicia.

La disputa de los ministros de la Corte por la presidencia y la imposibilidad de designar a su noveno integrante - tras la renuncia de Wildo Rienzi- no son un juego que se agota en los cargos. Constituyen nada más y nada menos que la lucha por el poder en los próximos años. El razonamiento pragmático es sencillo: quienes coloquen o mantengan a sus leales en esa cúpula, pueden competir con ventaja y garantía en la arena eleccionaria.

El empantanamiento en el que se hallan las designaciones de las autoridades de la Corte y la tardanza para la selección del ministro que ocupe la vacancia - que ya lleva casi dos años- son obstáculos muy graves para el Gobierno, que sigue sin despegar. Mientras el Ejecutivo se distraiga en ese problema, los demás irán creciendo sin tregua alguna.

Admitiendo que con los políticos actuales resulta inviable avanzar, es necesario ensayar fórmulas que permitan derribar los obstáculos y superar el actual estado de cosas. Es inadmisible que los intereses particulares estén por encima de los generales. El país pierde.

Fuente: Editorial UH Digital 11/02/09

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